Marruecos gana terreno en el mercado de la almeja fina mientras Galicia afronta su peor momento marisquero
El cultivo intensivo de Ruditapes decussatus en la costa marroquí permite mantener un suministro estable mientras las rías gallegas sufren cierres, bajas capturas y problemas de productividad.

Durante décadas, la almeja fina fue uno de los grandes productos de las rías gallegas. Hoy, cada vez resulta más habitual que el marisco que llega a los mercados no proceda de las playas donde tradicionalmente se recogía.
La situación está generando un cambio silencioso en el mercado: Marruecos está aprovechando el vacío dejado por una producción gallega cada vez más irregular para consolidarse como proveedor de almeja fina, una especie que comercializa con la misma denominación científica que la gallega, Ruditapes decussatus.
La diferencia está en el modelo productivo.
Mientras buena parte del sector gallego depende de la evolución de los bancos marisqueros, de las condiciones ambientales, de los cierres de las zonas de producción y de la capacidad de extracción de las agrupaciones de mariscadores, en Marruecos se ha desarrollado durante los últimos años una apuesta empresarial por producir la especie mediante acuicultura y garantizar un suministro más estable.
Y el mercado necesita precisamente eso: continuidad.
Una especie gallega que también se cultiva en Marruecos
La almeja fina (Ruditapes decussatus) es una de las especies autóctonas más apreciadas en el mercado europeo. La propia Comisión Europea la identifica como almeja fina en España y como ameixa fina en Galicia, y reconoce tanto su captura como su producción mediante cría.
Es un bivalvo de alto valor comercial, especialmente apreciado en restauración y en los segmentos de producto premium.
El problema es que no es una especie que Galicia pueda producir de manera ilimitada.
Un estudio publicado este mismo mes de septiembre, basado en datos oficiales y en la valoración de especialistas de ocho países, alerta de un fuerte retroceso de la almeja fina en distintas zonas del suroeste europeo y del Mediterráneo. El trabajo estima descensos de producción de entre el 32 % y el 100 % dependiendo de las áreas estudiadas y una reducción poblacional cercana al 80 % durante las últimas dos décadas.
No se trata, por tanto, de un problema exclusivo de las rías gallegas. La especie está sometida a una presión importante en buena parte de su área tradicional.
Marruecos vio antes la oportunidad
La diferencia es que Marruecos comenzó hace años a explorar una vía alternativa: llevar la almeja fina al terreno de la acuicultura industrial.
Uno de los proyectos más conocidos es el desarrollado por Azura. Ya en 2018 la empresa presentaba en Europa sus primeras producciones de Ruditapes decussatus cultivadas en Marruecos y anunciaba planes para elevar progresivamente la producción hasta alcanzar alrededor de 1.000 toneladas anuales cuando las instalaciones estuvieran plenamente operativas.
La apuesta tenía además un objetivo comercial muy claro: el mercado europeo y, especialmente, España.
La costa marroquí ofrece unas condiciones climáticas diferentes a las de Galicia y permite desarrollar ciclos de producción controlados en determinadas zonas. El resultado es un producto que puede entrar en el mercado cuando la producción de las rías disminuye.
Y ahí aparece la principal ventaja competitiva.
El restaurante, el distribuidor o la pescadería necesitan producto durante todo el año.
Cuando las lonjas gallegas no pueden garantizarlo, alguien tiene que ocupar ese espacio.
El problema gallego: producir menos cuando el mercado sigue pidiendo lo mismo
La situación actual de muchas zonas de marisqueo gallegas explica buena parte de este fenómeno.
La producción está condicionada por múltiples factores: mortalidad, episodios ambientales, calidad del agua, estado de los bancos, gestión de los recursos, furtivismo y cierres de las zonas de extracción.
En algunos casos, además, las medidas de recuperación obligan a reducir o suspender temporalmente la actividad para intentar recuperar los bancos.
Un ejemplo reciente es la ría do Burgo, donde las mariscadoras siguen denunciando una fuerte caída de las poblaciones de almeja y berberecho. La reducción del recurso ha obligado a recortar los cupos de captura y ha reducido drásticamente el número de personas que pueden vivir de esta actividad.
El problema tiene una consecuencia inmediata: cuando baja la oferta local, la demanda no desaparece.
Los mercados, las pescaderías y los restaurantes continúan necesitando almeja.
Y es ahí donde entran Portugal, Marruecos y otros países productores.
Una competencia que llega en el momento más delicado
Para el sector gallego, la llegada de producto extranjero tiene una doble lectura.
Por una parte, permite mantener abastecido el mercado cuando las rías no tienen capacidad suficiente.
Por otra, supone competencia directa para el producto gallego, especialmente cuando ambos productos terminan compartiendo canales de distribución y compiten por el mismo cliente.
La almeja fina marroquí no es un sustituto de menor categoría por definición: se trata de la misma especie que se produce en Galicia y que la Unión Europea reconoce oficialmente como Ruditapes decussatus.
Eso obliga al producto gallego a competir no solamente por calidad, sino también por precio, regularidad y capacidad de suministro.
Y en esos tres aspectos el cultivo puede ofrecer una ventaja considerable.
El mercado europeo no está cerrado al producto marroquí
Que una almeja proceda de Marruecos no significa que pueda entrar libremente en la Unión Europea sin controles.
Los productos de origen animal procedentes de países terceros deben cumplir los requisitos comunitarios correspondientes. La Comisión Europea establece qué países pueden acceder al mercado y qué establecimientos están autorizados, mientras que el sistema TRACES permite gestionar y controlar la certificación sanitaria y los movimientos de mercancías.
Esto es especialmente relevante en el caso de los moluscos bivalvos vivos, cuyo comercio está sujeto a requisitos sanitarios específicos.
Por tanto, la competencia no se basa simplemente en traer una almeja más barata desde Marruecos. Detrás existe una cadena de producción, depuración, control sanitario, logística y distribución que permite que el producto llegue vivo a los mercados europeos.
Galicia tiene algo que Marruecos no puede copiar fácilmente
El avance de la producción marroquí no significa que la almeja gallega haya perdido su valor.
Al contrario.
La procedencia gallega continúa siendo un importante elemento de diferenciación, especialmente en restauración y en mercados donde el consumidor busca producto local y de proximidad.
Pero esa ventaja necesita acompañarse de producto.
No basta con tener una reputación histórica si durante buena parte del año las lonjas no pueden garantizar cantidades suficientes.
La propia estructura del mercado demuestra que la demanda existe: cuando la producción gallega cae, los compradores recurren a otros orígenes.
El reto no es solamente competir con Marruecos
El verdadero problema para el marisqueo gallego es más profundo.
Marruecos no está creando la crisis del sector. Está aprovechando una crisis que ya existe.
Si una playa permanece cerrada, si un banco produce menos, si el furtivismo reduce el recurso disponible o si una mala gestión impide recuperar las poblaciones, el mercado buscará automáticamente otras fuentes de suministro.
Y esas fuentes están cada vez mejor preparadas.
Portugal lleva años consolidando su producción y comercialización de bivalvos, mientras otros países han apostado también por sistemas de cultivo capaces de ofrecer producto de forma regular.
La propia Ruditapes decussatus se comercializa actualmente en Europa procedente tanto de captura como de acuicultura.
Una amenaza que también puede convertirse en una lección
La expansión de la almeja fina marroquí deja una conclusión incómoda para Galicia: el mercado no espera.
Cuando las rías no producen suficiente, las empresas necesitan encontrar producto. Y si ese producto llega desde Marruecos, Portugal o cualquier otro origen con garantías sanitarias y capacidad de suministro, acabará encontrando compradores.
La cuestión para Galicia será decidir cómo responder.
Recuperar los bancos marisqueros, mejorar su gestión, combatir el furtivismo, reforzar la investigación sobre mortalidades y enfermedades y garantizar una producción más estable son algunas de las claves para evitar que la almeja autóctona pierda espacio.
También puede existir una oportunidad en la propia acuicultura gallega. La producción controlada de especies autóctonas podría ayudar a complementar el marisqueo tradicional y reducir la dependencia de las importaciones en los momentos de menor producción.
Porque el desafío no consiste únicamente en defender la almeja gallega frente a la marroquí.
Consiste en conseguir que dentro de unos años siga habiendo suficiente almeja gallega que defender.
Y mientras las rías intentan recuperar sus bancos, Marruecos ya ha aprendido a hacer algo que el mercado valora cada vez más: garantizar que la almeja fina esté disponible cuando el cliente la necesita.
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