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OcioVigo
evergreen · 29 de septiembre de 2026

El burro fariñeiro: el asno de las Rías Baixas que lucha por no desaparecer

Llevaba el grano al molino y volvía cargado de harina. Hoy el fariñeiro, el burro autóctono gallego, sobrevive con unos pocos centenares de ejemplares, sin reconocimiento oficial como raza y gracias al empeño de asociaciones y concellos.

El burro fariñeiro: el asno de las Rías Baixas que lucha por no desaparecer

Durante generaciones, el burro formó parte del paisaje rural gallego. Estaba en las cuadras, recorría los caminos entre aldeas y ayudaba en las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas. En las Rías Baixas, esa relación entre el ser humano y el animal está ligada a un tipo de asno muy concreto: el burro fariñeiro.

Hoy, aquel animal que durante décadas fue una herramienta imprescindible del campo tradicional se encuentra en una situación crítica. La mecanización agrícola, el abandono de las pequeñas explotaciones y el envejecimiento de la población rural han reducido drásticamente el número de ejemplares y han puesto en riesgo la continuidad de este patrimonio ganadero.

Un burro con nombre de harina

El fariñeiro, también llamado asno gallego, es el burro autóctono de Galicia. Su nombre viene de su trabajo más habitual: llevar el grano a los muíños y volver cargado con los sacos de fariña. También transportaba la uva en la vendimia y el argazo, las algas que se recogían en las playas atlánticas para abonar los campos.

Es un asno pequeño si se compara con otras razas ibéricas: mide entre 1 y 1,20 metros a la cruz y pesa entre 120 y 180 kilos. Tiene el pelo fino, denso y suave, de color gris o pardo claro, más pálido en la tripa, y con la raya dorsal y la cruz de las paletillas más o menos marcadas.

Aunque se asocia especialmente a las Rías Baixas y a la comarca de O Morrazo, hoy los pocos ejemplares que quedan se reparten también por Betanzos, Os Ancares, O Courel y las montañas del oriente gallego.

Un fariñeiro con su saco de harina en la Feira Labrega de Mosteiro
La escultura del burro de A Toxa recuerda la leyenda del animal que descubrió las aguas termales de la isla

Cuando el burro era imprescindible

Para entender el declive del fariñeiro hay que mirar al campo gallego de hace apenas unas décadas.

En muchas aldeas, disponer de un burro suponía contar con una auténtica herramienta de transporte. El animal podía moverse por caminos estrechos y empinados, desplazarse entre parcelas y llevar las cosechas desde las fincas hasta las casas. Su presencia formaba parte de una economía rural basada en explotaciones familiares, pequeñas parcelas y un aprovechamiento muy eficiente de los recursos disponibles.

La llegada de la mecanización cambió por completo esa realidad. Los tractores y otros vehículos fueron sustituyendo las funciones de los animales de trabajo, y mantener un burro dejó de ser una necesidad económica para convertirse, en muchos casos, en una decisión ligada a la tradición, la afición o la conservación.

Y cuando un animal deja de tener una función dentro de la economía rural, mantener su población resulta mucho más complicado.

De las cuadras llenas a unos pocos centenares

Las cifras dan la medida del problema. En 1999, el censo del INE todavía contaba 14.649 burros en Galicia, la comunidad con más asnos de toda España. Diez años después, en 2009, las estimaciones situaban en torno a 180 los ejemplares de fariñeiro, con muy pocos machos reproductores, muchos animales de edad avanzada y una población muy dispersa.

A esa escasez se suma un problema administrativo: el fariñeiro no tiene reconocimiento oficial como raza. No figura en el catálogo de razas ganaderas del Ministerio de Agricultura ni en la lista de razas españolas en peligro de extinción, lo que le cierra la puerta a buena parte de las ayudas y los programas de cría que sí tienen otras razas asnales, como la zamorano-leonesa o la andaluza. Su seguimiento corresponde al Centro de Recursos Zooxenéticos de Galicia.

La mecanización no fue el único problema

Aunque la mecanización agrícola fue determinante, la desaparición del burro fariñeiro forma parte de un proceso mucho más amplio.

El rural gallego vivió durante décadas una profunda transformación. Muchas pequeñas explotaciones dejaron de ser viables, las generaciones más jóvenes abandonaron las aldeas y numerosas casas dejaron de tener animales.

El burro perdió así su espacio natural. Antes podía encontrarse en una cuadra familiar porque era útil para el día a día; cuando esa cuadra dejó de existir, desapareció también buena parte de la estructura que permitía mantener la población.

No desapareció solamente un animal de trabajo: desapareció el mundo rural que le daba sentido.

Quién trabaja para salvarlo

ABUFA, desde 1998

La Asociación para la Protección y Defensa Medioambiental del Burro Fariñeiro de Galicia (ABUFA) se constituyó en 1998 con un objetivo claro: que la Xunta reconozca al fariñeiro como raza autóctona de Galicia, definir su estándar junto a la administración y buscar después el reconocimiento europeo. La asociación ha tenido instalaciones en Rubiáns (Vilagarcía de Arousa) y en Brión, donde acoge además burros abandonados o maltratados.

Los burros de A Toxa, en O Grove

En 2011, el Concello de O Grove presentó a la Xunta un proyecto para la conservación del asno en el monte central de la isla de A Toxa. Los dos primeros ejemplares que llegaron a la isla se llamaron Emilia y Pardo, y a su primera cría la bautizaron Bazán: un homenaje a Emilia Pardo Bazán, que popularizó la leyenda del burro de A Toxa.

Según esa leyenda, un vecino abandonó en la isla a un burro enfermo, convencido de que moriría. Al volver lo encontró curado: el animal se había estado revolcando en un charco de agua caliente y mineral. Así se descubrieron las aguas termales que acabaron convirtiendo A Toxa en un destino de balneario. Desde febrero de 2023, una escultura de bronce junto a la capilla de las Conchas recuerda aquel episodio, y el Concello mantiene su programa de conservación de fariñeiros en la isla.

O Grove, además, está terminando la senda de los Burros Fariñeiros, un camino recuperado en la parroquia de San Vicente, entre la cala de Punta Moreiras y el camino de la Cova da Loba, que pasa junto a antiguos molinos. Si te apetece conocer la zona, tienes más ideas en nuestra guía de O Grove y A Toxa.

¿Puede recuperarse?

La recuperación de una población tan reducida es compleja. Cuando quedan pocos ejemplares, la reproducción debe hacerse con especial cuidado para mantener la diversidad genética y evitar que la consanguinidad agrave todavía más la situación.

Por eso son importantes los registros de ejemplares, la cría responsable y la colaboración entre propietarios, asociaciones y administraciones. Y, sobre todo, el paso que el fariñeiro lleva décadas esperando: su reconocimiento oficial como raza, que permitiría un programa de cría con apoyo público.

Pero la conservación también necesita algo más difícil de recuperar: un lugar para el animal en la sociedad actual. El fariñeiro ya no puede depender de que vuelva el modelo agrícola del pasado. Su supervivencia pasa por vías compatibles con el presente: la conservación de razas autóctonas, la educación ambiental, las ferias y actividades vinculadas al patrimonio rural o iniciativas de turismo y divulgación como las de O Grove.

Recuperar una memoria rural

El caso del burro fariñeiro es el reflejo de una transformación que ha afectado a todo el campo gallego. La mecanización hizo el trabajo agrícola más rápido y eficiente, y los cambios económicos mejoraron las condiciones de vida de muchas familias. Pero también hicieron desaparecer prácticas, herramientas y animales que durante siglos formaron parte de la vida cotidiana.

Las razas autóctonas son el resultado de generaciones de selección y adaptación a un territorio, y están ligadas a sus formas de trabajar la tierra, a su arquitectura rural y a la memoria de sus comunidades. Cuando desaparece la última de ellas, no se pierde únicamente una población animal: se pierde también una parte de la memoria del territorio.

En las Rías Baixas, donde durante generaciones los caminos rurales estuvieron acompañados por el paso lento de estos animales, el fariñeiro representa esa conexión entre el paisaje actual y el mundo rural que lo precedió. Su futuro dependerá de que esa historia no quede reducida a fotografías y recuerdos.

Conservar al burro fariñeiro es conservar una pequeña parte de la identidad rural de Galicia.

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